O la ley o la selva

Los taxistas han sido siempre un colectivo en su mayor parte –hay excepciones que no sólo confirman la regla, sino que además por escasas tienen mayor mérito–, en el que ha abundado de siempre, y lo sigue haciendo, la chulería, prepotencia, grosería, mala educación, falta de profesionalidad, holgazanería, falsedad, suciedad y mal olor. Es un colectivo que ha sido y sigue siendo imagen fiel de la decadencia de una sociedad que va cuesta abajo, viento en popa y sin frenos. Y todo lo dicho no lo decimos en realidad nosotros, sino que lo opina la inmensa mayoría de los españoles y lo demuestran ellos mismos cada día, más aún, ya sin lugar a duda alguna, con lo que desde hace algún tiempo realizan: estas huelgas salvajes, ilegales, ilegítimas, histéricas, propias de asilvestrados y de esa profunda selva mental en la que, no cabe tampoco duda alguna, viven.

Lo que le ocurre a los taxistas es que se están tropezando con la realidad de la vida, precisamente esa a la que vienen empecinándose contumaces en darle la espalda, lo cual es un imposible siempre. Los taxistas han disfrutado de un monopolio y pretenden conservarlo a toda costa, porque son todo lo que hemos dicho, mucho más y peor. Y claro, como conocen su ineptitud, no les queda otra vía que disimular su estupidez con reivindicaciones laborales injustificadas y falsas y… tirarse al surco, conscientes de que es la única forma de acongojar a unas autoridades cuya mediocridad les garantiza que, antes o después, se saldrán no sólo con la suya, sino incluso de rositas; porque tontos no son, eso sí.

Si los taxistas hace tiempo que hubieran optado por: llevar exquisitamente limpios sus vehículos por fuera y más aún por dentro; también ellos mismos, eliminando ese olor a cuesco de elefante que les caracteriza; ir vestidos como seres humanos y no como orcos; conducir con seguridad, educación, amabilidad y haciendo gala de profesionalidad y no avasallando o cual kamikazes; interesándose por qué emisora de radio quiere el cliente o por si no quiere ninguna; permanecer en silencio mientras no se demuestre intención de entablar conversación con ellos, y en tal caso no decir estupideces; moderar su precios, no hacer trampas, ni engañar en los recorridos, llevar cambio de 50€ e incluso datáfono, establecer un precio cerrado para el recorrido con independencia del atasco de turno o del despiste; no fumar y utilizar un ambientador eficaz y no la mierda del pino colgante; devolver las pertenencias olvidadas íntegras; derrochar educación, servicialidad, amabilidad, buena fe y mejor intención; no traficar con las licencias y todo un no muy largo etcétera que Uber o Cavify ofrecen, que no cuesta tanto, es decir, dejar de ser taxistas, otro gallo les hubiera cantado desde hace mucho y hoy no se encontrarían en la situación, bien merecida, en la que se encuentran. Por eso, porque son lo que estamos viendo y aún mucho peores, es por lo que recurren a estas actitudes gansteriles, propias de matones barriobajeros, quinquis, onagros, simios y bestias.

Aún con todo, la culpa y la solución de lo que ocurre, vemos y sufrimos los ciudadanos decentes, honrados y trabajadores de parte de esta caterva de cretinos, gamberros, pendencieros, rufianes y brabucones de tres al cuarto, la tienen:

* Las autoridades de todo nivel que, en abierta prevaricación, incumpliendo sus obligaciones, no les multan, disuelven y detienen en aplicación de la ley, utilizando para ello los medios que el Estado de derecho contempla para casos tan evidentes como este.

* Los mismos ciudadanos honrados, decentes y trabajadores que ahora se quejan, pero que mañana mismos seguirán cogiendo taxis; nosotros hace décadas que nos negamos a hacerlo ni en caso de emergencia.

Se resuelva el asunto como se resuelva, que siempre será de mala forma porque tenemos las autoridades que tenemos y porque hay mucho idiota que les sigue votando, la solución real y eficaz está en nosotros, en los ciudadanos honrados, decentes y trabajadores que debemos comprometernos, pese lo que pese, a arruinar a los taxistas, ha hacerles desaparecer de la faz de nuestras ciudades, optando por otros servicios que, hoy por hoy, son incomparablemente mejores que ellos en todo.

Si no lo hacemos, ya ven lo que nos espera… la selva.

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